Después de unos minutos seguí el camino, vi una casa y decidí saludar a un anciano que estaba sentado en una silla o en una tarima como usualmente la llaman en las veredas. Lo saludé y él con unos pasos lentos se acercó y me preguntó ¿de dónde viene? ¿quiere tomar algo? Rápidamente le dije que si, que me regalara un poco de agua, en unos minutos regresó con una taza de losa blanca, estaba quebrada y el agua, que era de la llave, estaba un poco sucia, pero el calor y la sed que tenía no admitían ninguna basura que hubiera en ella. Cuando me la entregó rocé mis manos con las suyas y las sentí ásperas, tenía las uñas largas y sucias. Según lo que me contó don Pablo Vanegas, como dijo que se llamaba, era que él madrugaba mucho, a las tres y media de la mañana estaba en pie, salía de su casa con un azadón a trabajar en la tierra, a cultivar papa, fríjol y a veces maíz, a la hora del almuerzo volvía a la casa, comía un poco y se sentaba a descansar en la tarima; dice que le gusta ver cuando se va el sol y se oscurece, ver pasar unos cuanto carros y saludar con un movimiento de manos a quienes pasan por su casa.
Con su caminar lento volvió al lugar en el que lo encontré, llevaba una camisa roja, unos pantalones azules doblados hasta la rodilla, un sombrero y no tenía zapatos.
Me despedí, seguí el camino en la bicicleta, habían muchas piedras porque la vía está sin pavimentar y cuando pasaba un carro el polvo que levantaba se me iba a los ojos y a la boca, pero seguí el camino sin prestarle atención a esas cosas. Llevaba diez minutos después de que me despedí de don Pablo, llegué a una tienda, compré una botella de agua y me senté al frente en una sombra que había. El lugar estaba solo, la señora de la tienda limpiaba el local, sólo se escuchaba el canto de algunos pájaros y el radio que había en la tienda que estaba sintonizado en la emisora ambiente estéreo de San Vicente y en el que estaba sonando un vallenato. Escuché las carcajadas de unos niños que estaban montando en bicicleta, entraron a la tienda, compraron algo e inmediatamente se fueron. Esporádicamente pasaban algunas motos, carros y el lugar volvía a quedar silencioso. El reloj marcaba las cinco y quince y veía cómo el sol se iba ocultando y cómo dos hombres entraban a la tienda, se tomaban unas cervezas y regresaban a su casa con la ropa sucia, las botas llenas de polvo, sudados y con la herramienta de trabajo al hombro, después de una jornada de labor en la tierra.
Zenaida Morales Marín
