viernes, 18 de septiembre de 2009

UN PEDALEO Y UNA HISTORIA NUEVA PARA CONTAR

El recorrido hacia la vereda la Travesía del municipio de San Vicente Ferrer, fue en una bicicleta, ésta queda cerca al casco urbano, en media hora ya estaba allá. Era sábado y eran las tres y cuarenta de la tarde, sentía mucho calor, y estaba cansada pues llevaba varios días sin montar en bicicleta; deseaba tomar agua o cualquier líquido porque mi garganta estaba seca, y el agua que llevaba se había acabado, pero en el trayecto no encontré una tienda, al no hallar ningún lugar en donde comprar algo, me senté en una piedra que había en el camino a descansar un poco para seguir hasta encontrar una.

Después de unos minutos seguí el camino, vi una casa y decidí saludar a un anciano que estaba sentado en una silla o en una tarima como usualmente la llaman en las veredas. Lo saludé y él con unos pasos lentos se acercó y me preguntó ¿de dónde viene? ¿quiere tomar algo? Rápidamente le dije que si, que me regalara un poco de agua, en unos minutos regresó con una taza de losa blanca, estaba quebrada y el agua, que era de la llave, estaba un poco sucia, pero el calor y la sed que tenía no admitían ninguna basura que hubiera en ella. Cuando me la entregó rocé mis manos con las suyas y las sentí ásperas, tenía las uñas largas y sucias. Según lo que me contó don Pablo Vanegas, como dijo que se llamaba, era que él madrugaba mucho, a las tres y media de la mañana estaba en pie, salía de su casa con un azadón a trabajar en la tierra, a cultivar papa, fríjol y a veces maíz, a la hora del almuerzo volvía a la casa, comía un poco y se sentaba a descansar en la tarima; dice que le gusta ver cuando se va el sol y se oscurece, ver pasar unos cuanto carros y saludar con un movimiento de manos a quienes pasan por su casa.
Con su caminar lento volvió al lugar en el que lo encontré, llevaba una camisa roja, unos pantalones azules doblados hasta la rodilla, un sombrero y no tenía zapatos.

Me despedí, seguí el camino en la bicicleta, habían muchas piedras porque la vía está sin pavimentar y cuando pasaba un carro el polvo que levantaba se me iba a los ojos y a la boca, pero seguí el camino sin prestarle atención a esas cosas. Llevaba diez minutos después de que me despedí de don Pablo, llegué a una tienda, compré una botella de agua y me senté al frente en una sombra que había. El lugar estaba solo, la señora de la tienda limpiaba el local, sólo se escuchaba el canto de algunos pájaros y el radio que había en la tienda que estaba sintonizado en la emisora ambiente estéreo de San Vicente y en el que estaba sonando un vallenato. Escuché las carcajadas de unos niños que estaban montando en bicicleta, entraron a la tienda, compraron algo e inmediatamente se fueron. Esporádicamente pasaban algunas motos, carros y el lugar volvía a quedar silencioso. El reloj marcaba las cinco y quince y veía cómo el sol se iba ocultando y cómo dos hombres entraban a la tienda, se tomaban unas cervezas y regresaban a su casa con la ropa sucia, las botas llenas de polvo, sudados y con la herramienta de trabajo al hombro, después de una jornada de labor en la tierra.

Zenaida Morales Marín

jueves, 17 de septiembre de 2009

AZADÓN, AMABILIDAD Y RUMBA


Son las 11:30 a.m. del sábado 12 de septiembre, el calor es infernal, se siente un sofoco y una chispa que quema la cara y la espalda de quienes no están acostumbrados y vienen de paseo a la finca Las Orquídeas de la vereda Cascajo Arriba de El Carmen de Viboral. En este momento la finca está dividida en dos ambientes: uno es el de recreación (sancocho, balones, licor, crema anti solar); el otro es el de trabajo (azadón, machete, agua caliente, sombreros). Éste último es el de los campesinos que día tras día están de pie desde las 5:00 a.m. con un ánimo incomparable, con muchas ganas de trabajar y con la amabilidad que los identifica; no importa si es en la madrugada, en la tarde o en la noche, con cualquier persona que se encuentren en el camino son tan amables que hasta pueden parecer viejos amigos; aparentan nunca tener problemas.

Mientras que los patrones se divierten gracias a la eficiencia de los campesinos (pues ellos son los mantienen la finca en un buen estado para cuando vayan los patrones se “amañen”), reciben el solecito, corretean por las bien podadas mangas; los campesinos están sudando, recibiendo en sus espaldas la ardiente chispa del sol, a la que ya se han acostumbrado, tratando de adaptar el terreno que, por descuido de los patrones, está en unas condiciones imposibles de sembrar algo para sacarle provecho a la tierra.


A las 12:10 p.m., aproximadamente, los trabajadores se acercan y uno de ellos le dice al patrón: “vamos pa’ la casa a almorzar y si quiere ahora volvemos a trabajar otro ratito; es que esto hay que ponerlo a producir rapidito, mire que usted está perdiendo platica ahí”. “Sí, pero su horario por hoy ya terminó”, responde el patrón. “Pero podemos venir otro rato si usted quiere”, continúa el trabajador. “Bueno, háganle que yo les pago esas horitas de más”.

Los patrones se están echando una siesta después del almuerzo, y a eso de la 1:30 p.m. vuelven los campesinos a continuar con su ardua labor. A pesar de que su horario ya terminó y su cuerpo debe estar agotado, ellos siguen trabajando entusiastas. Quizás su intención, además de colaborarle al patrón para que su tierra empiece a producir, es ganarse unos pesitos más, pues generalmente sus familias son numerosas y deben llevarle la comida y otras necesidades básicas; a esto se le suma el gusto de los campesinos por el “guarito” y demás diversiones.

Después de casi tres horas de pesado trabajo luego del almuerzo, y casi diez horas en todo el día, los trabajadores se van para sus casas a prepararse para ir “al pueblo” (El Carmen de Viboral, Marinilla, Rionegro u otro municipio cercano) a disfrutar de su plata y a pasar una noche de diversión donde se mezclan la música, el licor y el humo del cigarrillo, entre muchas cosas más.

Leidy Johana Quintero Martínez


miércoles, 9 de septiembre de 2009

COMO TODO SER HUMANO...


El lugar está oscuro, la luz tenue de color rojo permite ver algunos perfiles y diferenciar hombres de mujeres, hay mucho ruido, se escuchan risas, carcajadas que retumban en el lugar, personas que cantan fuerte y que no dejan percibir la letra de la canción, suenan botellas en el suelo, mientras que un hombre alto, delgado, vestido de camisa azúl y pantalón negro, por lo que se puede apreciar, baila, brinda, acaricia, abraza y besa a las tres mujeres que junto con dos hombres le hacen compañía; sigue detalladamente la letra de las canciones, les habla al oído y al unísono ríen y con sonrisas en los labios entrecruzan miradas; camina lentamente, en instantes pierde el equilibrio y se va hacia los lados, mira a su alrededor, sonríe y pasivamente se sostiene de las sillas para no caer, sale del lugar, mira el nombre del establecimiento que está en letras grandes y claras El Kilimanjaro; mira su reloj, se sienta en una butaca, a cada mujer que pasa por su lado le dice piropos, llama a una de las mujeres que lo acompaña, palpa sus caderas, besa su cuello, toca su cabello, la observa, pone los dedos en la boca de ella y con movimientos suaves los introduce y los saca, unta un poco de saliva en el rostro de ella, y mete los dedos en su boca, los saborea, la sienta en sus piernas, recorre con las manos su cuerpo, las mete por dentro de sus pantalones y le muerde el mentón; poco a poco sube la blusa, introduce la mano derecha, ella con las manos ayuda para que el siga esos movimientos, de repente alguien estaciona un carro en frente de ellos, se baja del auto un hombre alto, grueso, lleva una camiseta ajustada, unos jeans desgastados y unas gafas sobre su cabeza, acelera el paso y de un golpe quita a la mujer, coge alhombre de las manos y como puede lo sube al carro, rápidamente enciende el auto y el sonido hace que los que están presentes, griten, silben, hagan alboroto y rían a carcajadas, hay un momento de silencio, pero en segundos el ambiente de rumba, bullicio y algarabía vuelve a la normalidad, entre sollozos y gemidos la mujer pregunta -¿Por qué se llevaron a mi sacerdote, si la estábamos pasando bien?

Zenaida Morales Marín

ATREVIDA Y PASIVA

Era sábado 05 de septiembre, se acercaban las 8:30 p.m.; una noche exageradamente fría en San Antonio de Pereira (Rionegro). Sin embargo, las mujeres no dejan pasar la oportunidad para exhibir sus curvas, sus bellos senos y sus doradas piernas.

En cada una de las discotecas de la “Zona Rosa de Rionegro”, se podía ver toda clase de mujeres: altas, bajas, delgadas, gordas, bonitas, no tan bonitas, voluptuosas y... en fin, allí se encontraba mujer para cada gusto; tanto en su físico como en su actitud: tímidas, alegres, aburridas, coquetas, “insinuantes”.

En la Discoteca Rancho Hildebrando, a eso de las 9:30 p.m., se vivía un ambiente muy agradable. Entre música, baile y licor se conocían hombres con mujeres, hasta el punto de parecer viejos amigos y algo más.

En una de tantas mesas había un grupo de cuatro mujeres; bellas, aparentemente extrovertidas y con muchas ganas de pasarla bien. Sara (nombre adscrito por la escritora), una de las chicas, la más sexy y alegre, se robaba la mirada de casi todos los hombres, hasta del más “despistado”: jóvenes, adultos, guapos, no tan guapos, los que estaban solos y hasta los que tenían al lado su pareja, los cuales abrazaban a su compañera para mirar a Sara sin despertar sospecha, no podían evitar observarla y tal vez desearla.

Sara, evidentemente, no era ajena de todas esas miradas y deseos que despertaba en los hombres del lugar, por eso cada vez hacía movimientos más sensuales y llamativos: movía su cadera, agitaba su cabello, se ponía las manos en la cabeza y bajaba al ritmo de la música, además tomaba su copa de licor y gritaba en coro con sus amigas “¡salud!”.

Muchos chicos la invitaron a bailar, pero ella no aceptó a ninguno, a unos les decía que estaba cansada, a otros simplemente les respondía que no quería, y a los demás los ilusionaba diciéndoles -más tarde-, sin embargo, ese momento tan anhelado por ellos nunca llegó.

Quizá algunos de ellos se preguntaron -pero, ¿por qué no querrá bailar?, si se ve tan animada y dispuesta a lo que sea-. Pues bien, pronto llegó la respuesta. Eran casi las 12:00 p.m. cuando se acercó, donde Sara, un joven bastante atractivo y con buen porte, la saludó con un beso en la boca y se sentó en la misma mesa con ella y sus amigas.

Desde ese momento la actitud de Sara fue completamente diferente, cualquiera pensaría que no era la misma persona, ya no quería bailar ritmos como el reggaetón, electrónica u otro que le exigiera mucho movimiento, sólo bailaba música suave con el que, aparentemente, era su novio; cuando sus amigas querían brindar, ella ya no levantaba su copa con licor sino un vaso con agua.

Se llegó el momento de salir de la discoteca y Sara ya no quería mostrar sus curvas y atributos, sencillamente prefirió que el chico le prestara su chaqueta, pues según ella, tenía mucho frío.

Cuando se fue la pareja, en el lugar se escucharon rumores como: -ésta sí que es una “chica plástica”. -Qué muchachita tan solapada, y el novio pensando que es una mosquita muerta.

Leidy Johana Quintero Martínez