El lugar está oscuro, la luz tenue de color rojo permite ver algunos perfiles y diferenciar hombres de mujeres, hay mucho ruido, se escuchan risas, carcajadas que retumban en el lugar, personas que cantan fuerte y que no dejan percibir la letra de la canción, suenan botellas en el suelo, mientras que un hombre alto, delgado, vestido de camisa azúl y pantalón negro, por lo que se puede apreciar, baila, brinda, acaricia, abraza y besa a las tres mujeres que junto con dos hombres le hacen compañía; sigue detalladamente la letra de las canciones, les habla al oído y al unísono ríen y con sonrisas en los labios entrecruzan miradas; camina lentamente, en instantes pierde el equilibrio y se va hacia los lados, mira a su alrededor, sonríe y pasivamente se sostiene de las sillas para no caer, sale del lugar, mira el nombre del establecimiento que está en letras grandes y claras El Kilimanjaro; mira su reloj, se sienta en una butaca, a cada mujer que pasa por su lado le dice piropos, llama a una de las mujeres que lo acompaña, palpa sus caderas, besa su cuello, toca su cabello, la observa, pone los dedos en la boca de ella y con movimientos suaves los introduce y los saca, unta un poco de saliva en el rostro de ella, y mete los dedos en su boca, los saborea, la sienta en sus piernas, recorre con las manos su cuerpo, las mete por dentro de sus pantalones y le muerde el mentón; poco a poco sube la blusa, introduce la mano derecha, ella con las manos ayuda para que el siga esos movimientos, de repente alguien estaciona un carro en frente de ellos, se baja del auto un hombre alto, grueso, lleva una camiseta ajustada, unos jeans desgastados y unas gafas sobre su cabeza, acelera el paso y de un golpe quita a la mujer, coge alhombre de las manos y como puede lo sube al carro, rápidamente enciende el auto y el sonido hace que los que están presentes, griten, silben, hagan alboroto y rían a carcajadas, hay un momento de silencio, pero en segundos el ambiente de rumba, bullicio y algarabía vuelve a la normalidad, entre sollozos y gemidos la mujer pregunta -¿Por qué se llevaron a mi sacerdote, si la estábamos pasando bien?
Zenaida Morales Marín
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