
Son las 11:30 a.m. del sábado 12 de septiembre, el calor es infernal, se siente un sofoco y una chispa que quema la cara y la espalda de quienes no están acostumbrados y vienen de paseo a la finca Las Orquídeas de la vereda Cascajo Arriba de El Carmen de Viboral. En este momento la finca está dividida en dos ambientes: uno es el de recreación (sancocho, balones, licor, crema anti solar); el otro es el de trabajo (azadón, machete, agua caliente, sombreros). Éste último es el de los campesinos que día tras día están de pie desde las 5:00 a.m. con un ánimo incomparable, con muchas ganas de trabajar y con la amabilidad que los identifica; no importa si es en la madrugada, en la tarde o en la noche, con cualquier persona que se encuentren en el camino son tan amables que hasta pueden parecer viejos amigos; aparentan nunca tener problemas.
Mientras que los patrones se divierten gracias a la eficiencia de los campesinos (pues ellos son los mantienen la finca en un buen estado para cuando vayan los patrones se “amañen”), reciben el solecito, corretean por las bien podadas mangas; los campesinos están sudando, recibiendo en sus espaldas la ardiente chispa del sol, a la que ya se han acostumbrado, tratando de adaptar el terreno que, por descuido de los patrones, está en unas condiciones imposibles de sembrar algo para sacarle provecho a la tierra.
A las 12:10 p.m., aproximadamente, los trabajadores se acercan y uno de ellos le dice al patrón: “vamos pa’ la casa a almorzar y si quiere ahora volvemos a trabajar otro ratito; es que esto hay que ponerlo a producir rapidito, mire que usted está perdiendo platica ahí”. “Sí, pero su horario por hoy ya terminó”, responde el patrón. “Pero podemos venir otro rato si usted quiere”, continúa el trabajador. “Bueno, háganle que yo les pago esas horitas de más”.
Los patrones se están echando una siesta después del almuerzo, y a eso de la 1:30 p.m. vuelven los campesinos a continuar con su ardua labor. A pesar de que su horario ya terminó y su cuerpo debe estar agotado, ellos siguen trabajando entusiastas. Quizás su intención, además de colaborarle al patrón para que su tierra empiece a producir, es ganarse unos pesitos más, pues generalmente sus familias son numerosas y deben llevarle la comida y otras necesidades básicas; a esto se le suma el gusto de los campesinos por el “guarito” y demás diversiones.
Después de casi tres horas de pesado trabajo luego del almuerzo, y casi diez horas en todo el día, los trabajadores se van para sus casas a prepararse para ir “al pueblo” (El Carmen de Viboral, Marinilla, Rionegro u otro municipio cercano) a disfrutar de su plata y a pasar una noche de diversión donde se mezclan la música, el licor y el humo del cigarrillo, entre muchas cosas más.
Leidy Johana Quintero Martínez
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